Artículos Dr. Antonio Pérez Esclarín














Dr. Antonio Pérez Esclarín
Artículos 
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Necesitamos maestros
   
El inicio de un nuevo año escolar  me brinda una excelente oportunidad para insistir en la necesidad de trabajar todos por una genuina educación integral de calidad. La educación de los pobres no puede seguir siendo una pobre educación. No es suficiente que nos preocupemos por la educación de nuestros hijos. Es necesario que nos preocupemos y ocupemos por la buena educación de todos los niños y jóvenes del país.  Una pobre educación en vez de contribuir a democratizar la sociedad, contribuye a agigantar las diferencias y a profundizar el abismo social.

 El problema educativo es tan serio y tan grave, que no podemos darnos el lujo de prescindir de nadie. Todos somos necesarios para resolverlo. Pero deben ser los educadores los principales  protagonistas de los cambios educativos necesarios.  Hoy todo el mundo está de acuerdo en que, si queremos una educación de calidad, necesitamos educadores de calidad, capaces de liderar las transformaciones necesarias. Un buen educador  es la principal lotería que le puede tocar a un grupo de niños o de jóvenes en la vida. Así como un mal educador es una verdadera tragedia que puede traer consecuencias deplorables. El educador  puede suponer la diferencia entre un pupitre vació o un pupitre ocupado, entre un malandro o una persona de bien, entre una vida superficial y hueca, o una vida  responsable y ejemplar. 

Necesitamos, en definitiva, MAESTROS.  Tenemos cada vez más licenciados, profesores y hasta magísters y doctores, pero escasean los maestros: hombres y mujeres que encarnan estilos de vida, ideales, modos de realización humana. Personas orgullosas y felices de ser maestros, que asumen su profesión como una tarea humanizadora, vivificante, como un proceso de desinstalación y de ruptura con las prácticas rutinarias, sin pasión y  sin sentido. Que buscan la formación continua ya no para acaparar títulos, credenciales y diplomas, y de esta forma creerse superiores, sino para servir   mejor a los alumnos, de modo que su formación continua se va traduciendo en mejores aprendizajes de sus alumnos.

Maestros que ayudan a buscar conocimientos sin imponerlos, que guían las mentes sin moldearlas, que facilitan una relación progresiva con la verdad y viven su tarea como una aventura humanizadora en colaboración con otros. Maestros comprometidos con revitalizar la sociedad, empeñados en superar mediante la educación la actual crisis de civilización y la crisis de país que estamos sufriendo, capaces de reflexionar y de aprender permanentemente de su hacer pedagógico, y que se responsabilizan por los resultados de su trabajo.

Si ninguna otra profesión tiene, a la larga, consecuencias tan importantes para el futuro de la humanidad como la profesión de maestro, la sociedad debería abocarse a considerar esta profesión de un modo tan especial que los mejores ciudadanos la  sintieran atractiva. Resulta muy incoherente alabar en teoría la labor de los maestros y maltratarlos en la práctica. La sociedad exige mucho a los maestros y les da muy poco. Todo el mundo desearía el mejor maestro para sus hijos, pero muy pocos quieren que sus hijos sean maestros, lo que evidencia la contradicción que reconoce por un lado la importancia transcendental de los maestros, pero por el otro, los desvaloriza y los trata como a profesionales de segunda o tercera categoría. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, primero debemos acabar con la pobreza de la educación y con la pobreza de los educadores. Junto a una justa remuneración, deben emprenderse profundos cambios en los procesos de formación de los educadores.


La Revolución de Jesús

Una de las perversiones más persistentes en la historia ha sido el intento de utilizar a  Dios,  la fe y la religión  para   sustentar una determinada ideología. En nombre de Dios se organizaron las cruzadas, se implantaron procesos de conquista y colonización cruenta y genocidas, y numerosos dictadores han buscado alianzas con las diferentes iglesias para justificar desde la fe sus políticas inhumanas. Incluso hoy sigue habiendo personas que  ejecutan actos de terrorismo o emprenden guerras de exterminio en nombre de su Dios.  Se trata de la vieja y reiterada tentación que pretende ya no  “cumplir la voluntad de Dios”, sino más bien, de que Dios cumpla la mía. 

Si ha sido evidente, a lo largo de la historia,  la utilización grotesca de Jesús por las fuerzas reaccionarias que se han opuesto a establecer un mundo de justicia y fraternidad,   hay también personas que han pretendido y pretenden  convertir a Jesús en una especie de  aguerrido  comandante militar, algo así como una especie de Supercheguevara. Sin embargo, si algo está claro en los evangelios es  la oposición persistente de Jesús a ser reconocido como un Mesías político que encabezaría la liberación definitiva del pueblo judío y los haría triunfar de todo tipo de dominio imperialista. Frente a las tentaciones del poder, del prestigio y de la gloria, Jesús eligió siempre el servicio, la humildad y el amor. Incluso en su único momento de gloria terrenal, que  recordamos en el Domingo de Ramos, Jesús no entró en Jerusalén montado en un brioso caballo como un magnífico conquistador, sino en un burrito como un pobre campesino.

Sin embargo, no me cabe la menor duda de que Jesús fue un gran revolucionario, el mayor que ha habido en la historia de la humanidad. El vino a plantearnos nada más y nada menos la más profunda de todas las revoluciones: la revolución del corazón. Se trata de cambiar el corazón egoísta, violento, encerrado en sí mismo, por un corazón generoso, pacífico, lleno de mansedumbre y misericordia. Corazón como el suyo, que nunca utilizó el poder en su propio beneficio, sino poder siempre para sanar, para ayudar, para servir, para empoderar. El rechazó siempre la violencia, optó decididamente por el camino de la mansedumbre y de la paz, dispuesto siempre a que la única sangre que corriera fuera la suya, y que incluso murió perdonando  a los que lo crucificaban y se mofaban de sus terribles sufrimientos.

Frente a la terrible crisis de valores que vivimos y la inflada retórica moralizante que, con demasiada frecuencia,  no se sustenta en hechos y cambio de actitudes, Jesús nos propone un rearme moral, un cambio radical en la vivencia (no en la palabra y la proclama) de nuevos valores: el egoísmo debe ser sustituido por la solidaridad, la violencia por la mansedumbre, el consumismo por la austeridad, el deseo de venganza por el perdón, la exclusión por la inclusión de todos incluso de los que piensan distinto a mí. En nuestro mundo, es primero el que más tiene: poder, dinero, títulos…Para Jesús es primero el que más sirve con lo que tiene.

De muy poco servirá que intentemos cambiar las estructuras políticas, económicas y sociales, si no cambiamos los corazones. La lucha por la paz y la justicia debe comenzar en el corazón de cada persona. No seremos capaces de romper las cadenas externas de la injusticia, la violencia, la miseria, si no somos capaces de romper las cadenas internas del egoísmo, la agresión,  el consumismo, el afán de admiración y reconocimiento, que atenazan los corazones. Sin cambio profundo de valores, no hay revolución genuina. Toda auténtica revolución  es siempre una revolución moral. Toda supuesta revolución está destinada al fracaso si no se sustenta sobre objetivos éticos,  y terminará agudizando los problemas que pretendía remediar y profundizando los antivalores que decía combatir. Y no hay nada más inmoral y anticristiano que utilizar un lenguaje moralizante para tapar conductas inmorales.


Respetar al árbitro

Los árbitros se ganan el respeto de los jugadores y del público en general, cuando  no se dejan presionar ni comprar, demuestran un comportamiento completamente imparcial y actúan ajustados al reglamento.  Todo el mundo acepta los resultados de un partido dirigido por árbitros honestos e imparciales, aunque los perdedores queden con el corazón destrozado. Pero si se evidencia una actuación parcializada, al dolor de la derrota se añade la rabia, la ira, y la desconfianza total en ese árbitro.

Imaginen ustedes un partido de fútbol  entre un equipo que viste de rojo y un equipo que lleva los colores del arcoíris. El capitán de los rojos que es también el entrenador, vocero principal y que, además, se considera que es el único que sabe de fútbol y actúa como si fuera el dueño del balón, de la  cancha, y hasta de los jugadores y del público,  se la pasa insultando y ofendiendo en pleno partido al capitán  arcoíris, y a  sus jugadores y  seguidores. Junto a los insultos, los reta a que digan que van a reconocer  públicamente los resultados del partido que señalen los árbitros  como él jura que va a hacer. Pero  los jugadores del equipo arcoíris y sus seguidores dicen que no sólo hay que respetar los resultados,  sino que hay que respetar también durante todo el partido  las reglas del juego, y alegan que el árbitro no es imparcial, que parece ciego para ver  faltas evidentes, algunas incluso merecedoras de tarjetas, que cometen los rojos. Llegan a decir que pareciera que es el capitán de los rojos quien determina qué es o no es falta, qué  se puede hacer o no se puede hacer en la cancha.. Cuando los arcoíris presentan a los árbitros evidencias incluso filmadas de las faltas, los árbitros las desestiman diciendo que no las vieron o que ese tipo de supuestas actuaciones abusivas no aparecen tipificadas como faltas en  su reglamento.  En cambio, el capitán de los arcoíris fue seriamente amonestado porque se le ocurrió saltar a la cancha con una gorra que supuestamente estaba prohibida. Como esa amonestación sólo logró publicidad para la gorra pues jugadores, simpatizantes  y público comenzaron a usarla masivamente, parecieron dejar  el asunto de ese tamaño.

En cierta ocasión, uno de los árbitros se atrevió a decirle al capitán de los rojos que él y su equipo estaban cometiendo faltas graves e irregularidades muy serias que, según su opinión, debían ser sancionadas, pero que no lo eran porque los demás árbitros imponían su mayoría y evitaban que fueran sancionadas.. El capitán  de los rojos montó en cólera, le exigió respeto, le dijo que no era digno de ser  árbitro y hasta asomó la amenaza de proceder judicialmente contra él. Todos los demás árbitros nunca se han atrevido a señalarle alguna falta al capitán de los  rojos y parecen temerle. Incluso algunos asoman la idea de que le deben a los rojos su puesto de árbitro.

A pesar de todos estos contratiempos y tropiezos,  el equipo  arcoíris sigue disputando el partido con gran  garra y combatividad,  ensayando jugadas osadas y muy creativas que llenan de entusiasmo a cada vez más público y que hacen suponer que, a pesar de los problemas, terminarán ganando el  partido.  El equipo rojo luce desgastado, envejecido, sin ideas nuevas, con la misma plantilla de siempre,  y sigue repitiendo promesas y jugadas que, en otros tiempos, le dieron muy buenos resultados, pero que los arcoíris han sabido descifrar y anular y que ya no entusiasman tanto al público. El capitán de los  rojos repite que si, en un supuesto negado,   llegaran a perder el partido, se acabaría el fútbol y el pueblo sencillo se quedaría sin  diversión y sin vida,  pues sólo su triunfo garantiza la  continuidad de todas las cosas buenas.

A todas estas, el partido está en pleno desarrollo. Quedan todavía unos  40 minutos de juego. La mayoría de los árbitros, aunque parecen  ciegos para ver  faltas evidentes,    repiten y repiten que  son completamente imparciales y que no se dejan ni se van a dejar presionar por nadie. Que ellos son garantía de un resultado justo que todos deberán respetar.

Por supuesto que todo esto es una mera historieta que no tiene nada que ver con lo que estamos viviendo. Hasta podría ser tal vez conveniente poner la típica coletilla de “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. ¿No lo creen  ustedes?



Educación de Calidad
                    
Hoy está de moda hablar de calidad, incluso de excelencia.  Por ello, debemos comenzar aclarando  qué estamos entendiendo por educación de calidad, dado que la concepción que predomina está atrapada en la lógica de la  eficiencia, la producción y la rentabilidad.   El lenguaje economicista y tecnocrático ha penetrado con fuerza el sistema educativo y ha incorporado una mentalidad propia del mundo de la industria, el mercado, las empresas. Dicha mentalidad y su correspondiente terminología se metió en las políticas educativas, en el discurso de los docentes, en las instituciones de formación docente.  Hoy  se habla sin el menor pudor de recursos humanos o de capital humano,  de insumos, de clientes (los alumnos y  padres de familia),  de gestión educativa, de empresas de servicios educativos, de mercado de productos  pedagógicos, y hasta la palabrita competencia, hoy tan invocada y tan querida, nos viene del mundo empresarial.  De hecho, las propuestas humanistas de calidad que suelen proclamarse, se diluyen a la hora de la verdad, donde se imponen los indicadores de rentabilidad y eficiencia   que pocas veces miden las actitudes y valores, la calidad de las personas y los ciudadanos,   ni toman en cuenta las diferencias de origen,  recursos  y posibilidades de los alumnos, ni su situación socioeconómica y cultural.   De este modo, el aprender a aprender y el aprender a hacer se privilegian, aunque se niegue en las proclamas, sobre el aprender a ser,  el aprender a convivir y el aprender a transformar.  Cada vez más, los valores de justicia, equidad, dignidad humana, solidaridad y convivencia, van siendo sustituidos por la preocupación por la eficacia, por la competitividad, la búsqueda de resultados tangibles, el ajuste a las necesidades del mercado de trabajo y de la economía,  la lucha por disponer de mejores condiciones de salida del sistema educativo ante un mundo laboral escaso, la formación de destrezas básicas, la necesidad de incorporar las tecnologías de la información y la comunicación, etc.

En consecuencia, es urgente que trabajemos  por una concepción de calidad en torno a metas sociales, políticas, democráticas y humanistas. Educación orientada al desarrollo personal, social y espiritual de las personas.  Educación que permita a cada persona y a todas las personas  desarrollar a plenitud sus talentos y construirse como persona y como ciudadano productivo y solidario. Que le enseñe a ser, convivir, aprender, producir y también transformar este nuestro mundo inhumano para hacer realidad “Otro Mundo Posible” donde todos podamos vivir con dignidad.

En definitiva, para ser de calidad, la educación  debe ligarse   a la equidad,  la justicia y  la humanización. No podemos  aceptar como de calidad una educación que discrimina, que excluye a los necesitados, que deja en el camino a los más débiles, que mantiene y cultiva la conciencia de superioridad. Cuando se habla del fracaso escolar, se señalan sobre todo  los indicadores de lectura, escritura, matemáticas... Pero también fracasan los centros educativos que, aunque egresen alumnos con altísimas calificaciones y muy bien capacitados profesionalmente, no han logrado sembrar en ellos  el compromiso de trabajar por el bienestar y la vida digna para todos. Se trata de formar personas plenas, honestas, respetuosas, sensibles y solidarias, y no meros profesionales exitosos. Yo sueño con el día en que las universidades otorguen, junto al título de médico, abogado, ingeniero o licenciado, el título de persona. Porque tenemos abogados muy elocuentes, cirujanos muy competentes, ingenieros muy exitosos… pero muchos de ellos  están raspados como personas: Se muestran prepotentes, engreídos, egoístas, insensibles ante las necesidades de los demás, incapaces de mantener unas relaciones afectivas maduras y responsables…Por ello, para mí la educación es de calidad sólo si  egresa personas y ciudadanos de calidad.



Formar el carácter

Uno de los fallos principales de la actual educación, tanto en el hogar como en la escuela,  es que ha descuidado la formación de la voluntad, el esfuerzo y el sacrificio.  Vivimos en una cultura hedonista, permisiva, vana, sensiblera, que rehúye  el esfuerzo y el vencimiento de sí mismo. Todo lo que no produce placer o satisfacción inmediata es rechazado por inútil. Por ello, abundan hoy los niños y jóvenes caprichosos, superficiales, incapaces de esfuerzos sostenidos, presas fáciles de vendedores y manipuladores que alaban su ego y doblegan su rebeldía para hacer de ellos meros consumidores.

Es urgente, en consecuencia, una educación que rescate el valor del esfuerzo y del vencimiento. Son las tempestades y los vientos fuertes los que forman los mejores navegantes. Una vida excesivamente fácil levanta personas débiles, egoístas, a las que derrota cualquier dificultad y que se la pasan culpando a los demás de sus problemas. Los grandes hombres y mujeres labraron su vida en el sacrificio, acrisolaron su voluntad en el vencimiento, se levantaron y volvieron a levantar de sus caídas. Napoleón solía decir que la victoria pertenece al que más persevera. Bolívar escribió que “el arte de vencer se aprende en las dificultades” y Benjamín Franklin afirmaba que “aquello que duele, instruye”. Quizás por eso nada enseña más en la vida que enfrentar los problemas y superar los obstáculos y las dificultades.

Demóstenes era tartamudo y superó su problema poniéndose piedritas afiladas en la lengua  y ejercitando su oratoria frente a un mar embravecido. Así llegó a ser el mejor orador de la antigüedad. Luis Pasteur, el “padre de la bacteriología”, inventor de la vacuna antirrábica, fue un alumno mediocre y ocupaba el puesto número quince entre veintidós alumnos. A pesar de que sufrió un  ataque cerebral que lo dejó casi inválido,  se sobrepuso con esfuerzo y tesón a su problema, y siguió trabajando e investigando durante 28 años. La vacuna que descubrió se debió más a su esfuerzo y coraje que a su inteligencia. Darwin escribió en su autobiografía: “Todos mis profesores y mi padre me consideraban un muchacho común, por debajo del nivel intelectual medio”. Los maestros de Thomas Edison decían que era demasiado torpe para aprender. El mismo Edison hizo casi 10.000 ensayos hasta encontrar el filamento que trajo la luz eléctrica. Albert Einstein no habló hasta los cuatro años y no leyó hasta los siete. Su maestra lo describió como “mentalmente lento, insociable, encerrado siempre en sueños tontos”. Lo expulsaron del colegio y no lo dejaron ingresar en la Escuela Politécnica de Zúrich. El padre del gran escultor Rodin decía que su hijo era muy torpe.  Rodin fracasó tres veces en su intento por ingresar en la escuela de Bellas Artes. Su tío lo definió como “ineducable”.

 Dicen que el extraordinario actor y bailarín, Fred Astaire tenía pegado en la chimenea de su mansión de Beverly Hills, el informe del director cuando actuó por primera vez: “¡No tiene la menor idea de actuación! ¡Poco audaz! Tal vez, con mucho esfuerzo, pueda llegar a bailar un poco”. León Tolstoi, unos de los principales escritores rusos, autor, entre otras obras importantes, de su extraordinaria y monumental novela “La guerra y la paz”, abandonó el colegio porque lo consideraron “sin capacidad ni voluntad para aprender”. Dieciocho editores rechazaron el libro “Juan Salvador Gaviota”, del escritor Richard Bach, que una vez publicado, llegó a ser un extraordinario bestseller. Quince editores rechazaron también la primera gran obra de Julio Verne, “Cinco semanas en  globo”. Robert Louis Stevenson jamás estuvo libre, ni siquiera durante una hora, de dolores en todo el cuerpo y de una tos seca. Estaba tuberculoso y sufría de fiebres permanentes.  A pesar ello, escribió  “La isla del tesoro” y muchas otros relatos excitantes que han nutrido las fantasías de jóvenes por varias generaciones.



Ser un buen ciudadano

Ciudadano es la persona que no sólo se preocupa por sus bienes personales, sino que busca el bien común, es decir, que todas las personas podamos vivir con dignidad y que los bienes públicos, es decir, que son de todos, sean de genuina calidad. Las personas que sólo se preocupan por garantizarles a sus  hijos buena educación o salud, sin importarles la suerte de los demás,  no son buenos ciudadanos. Como tampoco lo son los que tiran basura a la calle o a la carretera,  irrespetan las señales de tráfico, malgastan o se roban la luz y el agua, destrozan los parques y plazas, no pagan impuestos y siempre se las arreglan para retrasarse o evadir  el pago del condominio. Muchos de los que hoy se la pasan voceando la necesidad de una educación para la ciudadanía y aparentan ser unos genuinos revolucionarios, se roban la luz o el cable sin el menor escrúpulo, y hacen todas las trampas posibles  para evadir el pago de los impuestos. Tampoco se atreven a denunciar y hasta los avalan  con su silencio (o con su estúpida excusa de que “así ha sido siempre” o que “los gobernantes de la oposición hacen también  lo mismo”), los abusos del poder que utiliza a su antojo los recursos que nos pertenecen a todos.

Político y ciudadano vienen a significar lo mismo. Político es el habitante de la polis griega, que el latín tradujo como civitas o ciudad. El ciudadano o el político ejercen y defienden su libertad en el horizonte de la convivencia. Saben que, a la larga, no es posible la paz y la convivencia si  no  disfrutamos todos  de una vida digna. Por ello, combaten por igual la tiranía o la apropiación del poder que nos  pertenece a todos,  y el desinterés por lo público o por la política, como opuestos a la esencia del ser humano.

 Aristóteles definió al ser humano como “animal político” y a los griegos, la vida privada en exclusiva, es decir, que no  se preocupaba por el bienestar general, les parecía “estúpida”. Cada ciudadano, cada miembro de la polis, tiene su familia, sus intereses, sus negocios, en suma, su vida privada. Pero si se queda en ella resultará un ser incompleto, “un estúpido”, porque estará prescindiendo de la posibilidad e incluso necesidad de una segunda y superior vida, que le va a permitir ser plenamente libre y servir al interés general, sin el que la condición humana se desdibuja y mutila.

La política es la construcción del bien común, el bien de todas y cada una de las personas que forman la comunidad humana. Hacer política es hacer posible que todos, especialmente los más débiles y necesitados, podamos vivir con dignidad y obtener la máxima felicidad posible. La vida digna,  el trabajo bien remunerado, la educación de calidad, el acceso a una vivienda apropiada,  los servicios eficientes en salud, agua, luz…,  el poder desplazarnos por carreteras sin huecos…,son derechos esenciales y no dádivas que debemos agradecer al gobernante de turno.  Es su deber garantizarnos a todos esos derechos y, si no lo hacen, debemos exigírselo y castigarlos con nuestras protestas y con nuestros votos.

La perversión de la política es apropiarse de lo público, es decir de los bienes que son de todos, para su propio beneficio, el de los suyos, o para mantenerse en el poder. Cuando la acción política tiene como fin el interés del partido o de los que mandan, nos hundimos cada vez más en la corrupción, aunque unos  poderes lacayos den a dicha apropiación visos de legalidad.
Los estilos de vida de la creciente boliburguesía son una auténtica bofetada en el rostro del pueblo sencillo a quien cada día le cuesta más sobrevivir.  Y no hay mayor cinismo que cobijar bajo un pretendido socialismo un estilo de vida que ni los capitalistas más salvajes se atreverían  a llevar.  

La violencia es la conducta antisocial por excelencia, la negación más evidente de la ciudadanía.  Reprimir una manifestación pacífica, satanizar a los que critican al Gobierno, amenazar con el cierre a los medios de comunicación para que ellos mismos se autocensuren, ofender o insultar a los opositores, mantener encarcelados sin el debido proceso a líderes de la oposición, desestimar las acusaciones de corrupción a los aliados y amigos, es asfixiar la ciudadanía y favorecer un gobierno  autoritario o incluso despótico.



Aprender a admirar y agradecer

La vida es el don más maravilloso,  basamento de todos los demás, que nos fue dada graciosamente, como el más sublime de los regalos. Nadie de nosotros pudimos elegir nacer o no nacer, ni tuvimos la posibilidad de escoger nuestra forma física, nuestro tamaño, el color de nuestros ojos, la textura de nuestra piel, los grados de nuestra inteligencia.  Tampoco pudimos seleccionar a nuestros padres, ni el país donde nacer, ni el tiempo o contexto histórico. Nacimos en una determinada matriz cultural que marca lo que somos y hacemos, lo que pensamos y creemos. Somos hijos de una familia concreta y de un país que debemos conocer, querer y servir. Somos únicos e irrepetibles, un imposible milagro entre milagros,  y debemos asumir la vida en una actitud de asombro, agradecimiento y humildad.

Con la vida nos llegaron otros muchísimos  regalos: el amor de los padres, los hermanos y demás familiares, la palabra, la risa, la salud, la fe, la educación, los pájaros, los ríos, las estrellas, las montañas, las flores, todo lo que existe  a nuestro alrededor y nos posibilita o alegra la vida. De hecho, y sin importar lo agradecidos o desagradecidos que seamos, estamos continuamente recibiendo innumerables regalos. Desde que nos paramos en la mañana, hasta el enorme regalo que es el sueño,  estamos recibiendo regalos: el aire que respiramos, el agua que refresca nuestros cuerpos y se lleva las costras de nuestro sueño, el aroma y el sabor del café, los primeros saludos,  los alimentos que desayunamos y que renuevan nuestra vida,   las demás personas con las que nos encontramos, la ropa que nos ponemos… ¿Se han puesto a pensar alguna vez en todas las personas que nos ofrecieron sus manos,  sus esfuerzos y  su trabajo  para que nos podamos tomar un cafecito o poner, aunque lo hagamos inconscientemente y tal vez con la cara todavía amodorrada de sueño,  el pantalón, el vestido o la camisa? Todo, ciertamente, es un regalo. De ahí la necesidad de recuperar la capacidad de asombro y empezar a admirar y agradecer todo lo que somos y todo lo que recibimos. Por todo ello, empieza a valorar todo lo que eres y tienes, todo lo que recibes continuamente y muéstrate  agradecido. La gratitud  es un sentimiento que nos eleva el corazón. 

Haz un alto en tu agitado caminar y piensa cómo vives la vida y si eres capaz de exprimir el dulce jugo que empapa todo lo que hay y todo lo que te sucede.  Proponte empezar a disfrutar de todo: de la explosión luminosa del amanecer, del aroma del café, del canto de los pájaros, del vuelo redondo de la mariposa, de la sonrisa de tus hijos…, y también del desasosiego de las colas, de la cara gruñona de tu jefe, de las respuestas injustas de tus hijos adolescentes.  Proponte vivir cada instante de cada nuevo día en la alegría y en la paz. No permitas que nada ni nadie nuble tu corazón. No dejes que la amargura, la violencia, el rencor de los demás te salpiquen y te roben la paz y la alegría.  Derrótalos, más bien, con tu buen  ánimo, con tu actitud positiva, con la sonrisa y  el brillo luminoso de tus ojos. Que tu bondad sea más fuerte que su maldad.  Si otros eligen ofender, maltratar, negar la vida, tú elige bendecir, ayudar, alegrar. Y proponte ser un regalo para todas las personas con las que te encuentres: que después de  conversar contigo, se vayan más contentas, animadas, estimuladas…Recuerda que tú solo  no puedes cambiar el mundo, pero sí puedes hacer que las personas a tu alrededor sean más felices o más infelices, que puedes ser un sembrador de esperanza y vida o un sembrador de pesimismo y muerte. Y si todos eligiéramos mejorar nuestro pequeño mundo, salir de nuestro egoísmo y empezar a regalar sonrisas y alegrías, el gran mundo cambiaría.



Aprender a desaprender
 
Hoy se insiste  mucho en la necesidad de aprender a aprender,   aprender a  comprender y aprender a  emprender,  pero lo más importante,  difícil y condición para todo lo anterior,  es aprender a desaprender.

Eduardo Galeano nos recuerda la historia de un hombre y una  mujer que, fascinados por ese paisaje de colorido y luz que veían  ante sus ojos, se dijeron fascinados: “Vamos a buscar el horizonte”. Caminaban y caminaban, y a medida que avanzaban, el horizonte se iba alejando de ellos. Decidieron apresurar sus pasos, no detenerse ni un momento, desoír los gritos del cansancio, el hambre, la sed…Inútil, por mucho que aceleraron la marcha y multiplicaron sus esfuerzos, el horizonte seguía igualmente lejano, inalcanzable. Cansados y decepcionados, con los pies destrozados de tanto andar y ante el vértigo de la sensación de haberse fatigado inútilmente, se tumbaron sobre el piso y se dijeron desanimados: “¿Para qué nos sirve el horizonte si nunca vamos a alcanzarlo?” Y oyeron una voz que les decía: “¡Para que sigan caminando!”

En educación, como en la vida, no hay camino hecho, se hace camino al andar. Lamentablemente, muchos piensan que el camino ya está hecho y se lanzan a recorrerlo rutinariamente: programas, clases, evaluaciones, notas…Se suceden los cursos y los años siempre iguales. La gran tragedia de la educación es pensar que educar es recorrer rutinariamente caminos trazados por otros y no inventar caminos nuevos. La rutina crea la ilusión de que se camina, pero es un movimiento que, si bien se presenta como fácil, nos va alejando de la meta porque nos va desalmando, nos va agusanando el corazón, nos hace perder el entusiasmo, nos lleva a perder de vista por completo el   horizonte.

Otros hablan de la necesidad de buscar caminos nuevos, de que ya no sirven los viejos, pero se quedan instalados en sus seguridades, hablando del camino, en lugar de ponerse a inventarlo. Tal vez, cambian sus palabras, asimilan el discurso de los cambios, pero siguen enquistados en las viejas prácticas, rituales y rutinas, que con frecuencia les llevan en dirección opuesta a la que dicen quieren ir o están yendo

Hay quienes confunden el camino con las superautopistas que nos brindan las nuevas tecnologías y piensan que si ponemos computadoras e Internet en las escuelas y si incorporamos a las aulas el powerpoint y el videobean, ya tenemos resuelto el problema educativo. Ignoran que las nuevas tecnologías son sólo medios que debemos saber aprovechar si estamos claros de a dónde queremos ir, pero que ciertamente no nos van a señalar el camino ni a librarnos  del esfuerzo de “hacer camino”.

Otros confunden el camino con el mapa: gastan sus energías en elaborar una maravillosa planificación estratégica, con su misión y su visión perfectamente redactadas, en la que plantean un gran proyecto educativo, especificando objetivos y estrategias, pero el proyecto queda ahí, en el papel, no pone a caminar el centro educativo en un movimiento innovador, consciente y reflexivo, no desrutiniza las prácticas, no enseña a desaprender, no genera participación, investigación, entusiasmo, cooperación. No se puede transformar la realidad con respuestas, sino con preguntas. Las respuestas que ya existen sirven apenas para la reproducción de la realidad existente. De ahí la necesidad de no meramente cambiar el discurso, sino de  pasar de la pedagogía de la respuesta que forma seguidores de caminos existentes y adoptar una pedagogía de la pregunta, que forma constructores de caminos que todavía no existen. Esto exige romper con prácticas acomodadas,  rutinas, rituales, hábitos, costumbres. Supone, en una palaba, desaprender la cultura enquistada en las viejas prácticas educativas, que nos impide innovar, crear, inventar la nueva escuela y la educación hoy necesaria.   



Paulo Freire, “Patrono” de la Educación brasileña.

El pasado 13 de abril, el Gobierno de Brasil, presidido por la Dra. Dilma Rousseff, sentenció la ley N. 12612, en la que declaró al Maestro de la Dignidad Paulo Freire  como “Patrono” de la Educación Brasileña. Es decir, a partir del 13 de abril de 2012, Paulo Freire es el ideólogo fundamental de manera oficial y legalmente de la educación de la hermana república de Brasil.

Paulo Freire es, sin duda alguna,  el educador latinoamericano más importante de todo el siglo XX. Durante toda su vida este gran pedagogo trabajó con coherencia y dedicación por gestar una educación genuinamente liberadora, educación para formar sujetos pensantes, críticos, capaces de reinventar el mundo en una dimensión ética y estética, de modo que sea -y son palabras textuales de Freire- “menos feo, en el que disminuyan las desigualdades, en el que las discriminaciones de raza, de sexo, de clase sean señales de vergüenza y no de afirmación orgullosa o de lamentación puramente engañosa…Mundo en el que nadie domina a nadie, nadie roba a nadie, nadie discrimina a nadie, sin ser castigado legalmente. Nuestra utopía, nuestra sana locura es la construcción de un mundo en el que el poder se asiente de tal modo sobre la ética, que sin ella se destruya y no sobreviva. En un mundo así, la gran tarea del poder político es garantizar las libertades, los derechos y los deberes, la justicia y no respaldar el arbitrio de los suyos” (Política y Educación, pág. 29).

Frente a la educación bancaria, acrítica, domesticadora, educación para la sumisión, Paulo Freire  propone una práctica educativa problematizadora o concientizadora, que ayude al educando a comprender y superar la dominación que sufre y lo haga sujeto de su historia. Para ello, se necesita,  sobre todo lo demás,  educadores críticos, capaces  de reflexionar permanentemente  sobre las propias ideas, valores y prácticas, de pensar la educación, el país y el mundo   para contribuir a transformarlos. Educadores que estimulen la pregunta, la reflexión crítica sobre las propias preguntas,  para superar el  sinsentido de una educación que exige respuestas a preguntas que los alumnos nunca se hicieron. Educadores que promuevan el análisis crítico de discursos, propagandas,  propuestas  y hechos, de las actitudes autoritarias, dogmáticas, rutinarias o vacías de significado,  tanto en la realidad próxima escolar como de la problemática nacional y mundial, que capaciten para reconstruir y reinventar la realidad.

En palabras de Paulo Freire, necesitamos de un “radicalismo crítico que combate los sectarismos siempre castradores, la pretensión de poseer la verdad revolucionaria…la arrogancia, el autoritarismo de intelectuales de izquierda o de derecha, en el fondo igualmente reaccionarios, que se consideran propietarios, los primeros del saber revolucionario, y los segundos del saber conservador… sectarios de derecha o de izquierda –iguales en su capacidad de odiar lo diferente- intolerantes, propietarios de una verdad de la que no se puede dudar siquiera ligeramente, cuanto más negar” (Pedagogía de la Esperanza, p. 48, 76, 185).

El derecho a criticar supone, como también  lo expresaba  Freire, “el deber, al criticar, de no faltar a la verdad para apoyar nuestra crítica; supone también aceptar las críticas de los demás cuando son verdaderas y supone, sobre todo, el deber de no mentir. Podemos equivocarnos, errar; mentir nunca. No podemos criticar por pura envidia, por pura rabia o sencillamente, para hacerme notar(Pedagogía de la Esperanza, p. 67).

No hay nada más despreciable que la elocuencia de una persona que no dice la verdad.   Es preferible molestar con la verdad que complacer con adulaciones. Como decía Amado Nervo, “el signo más evidente de que se ha encontrado la verdad es la paz interior o, como decía Jesús “La verdad les hará libres”: nos libera de la prepotencia, de la soberbia, de la arrogancia, del deseo de menospreciar a otros por considerar que no tienen la razón. Una supuesta verdad que ofende, que no ayuda a construir un mundo cada vez más humano y una sociedad más fraternal  es una falsa verdad.   




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